Correo del campo (capitulo dos), cuento de Omar Tisocco.

CORREO DEL CAMPO
Capítulo dos. Birkat Elohym.
Por Omar Tisocco.
Hubo otros mensajes durante el correo del campo de ese domingo de Septiembre
de 1960. La emisora LT15 era escuchada en todo el litoral Argentino. Y
especialmente en cada pueblo de la provincia de Entre Ríos.
La amable voz del locutor transmitió mensajes para vecinos de : El Redomón,
Santa Anita, Federal, Villa del Rosario, Chajarí,Ubajay, General Campos, San
Salvador, Los Charrúas y finalmente, una vez más, para San Bonifacio y el
pequeño pueblo que dentro de esa zona se encuentra expectante; “La Criolla”.

  • Mensaje para el señor Ismael Cosotti, propietarios del “Almacén Las Palmitas”:
    Le comunico que estaré llegando en el primer tren de la mañana para ofrecer mis
    libros y revistas desde ese lugar. Firma, Birkat Elohym, “su librero amigo”. Vecinos
    que escuchen, favor avisar.
    Tal y como anunciara el mensaje, Birkat descendió del primer tren, mientras el
    alba era aún dependiente de los faroles a kerosene que iluminaban la hermosa
    estación de ferrocarril de estilo Inglés de “La Criolla”
    El tipeo del telégrafo procedente de la boletería, era el único sonido que se
    destacaba luego de la partida del tren que lo había traído hasta allí. Y una bruma
    fría le hizo pensar que había acertado al decidir traer consigo su abrigo negro, su
    sombrero negro y sus negros botines. Afortunadamente, las valijas que soportaba,
    con esfuerzo, en cada mano, eran de color ocre y aportaban cierta variedad
    cromática que sin duda se quedaba corta pues su frondosa y prolija barba blanca
    se llevaba todas las atenciones y por qué no decirlo; también los aplausos.
    Tras un ligero vistazo a su alrededor, echó a andar rumbo al almacén de ramos
    generales Las Palmitas, cuyo dueño era, ahora, su amigo personal, Don Ismael
    Cosotti.
    Las calles de tierra y los eventuales charcos de agua no lo intimidaban. Pese a
    que atentaban contra la pulcritud de su aspecto, algo que Birkat cuidaba con
    esmero.
    Las valijas eran pesadas pero, con un poco de suerte, habría de vender una gran
    parte de los libros y revistas que traía en ellas y al regresar a la ciudad, la carga
    sería más liviana.
    A su paso, intercambió saludos cordiales con aquellos que al frente de sus
    respectivos hogares disfrutaban de los primeros mates de ese día pasivo en
    cuanto a lo laboral y a lo cotidiano. Eran hombres y mujeres de vidas sencillas que
    durante la semana se ocupaban de rústicas tareas agrícolas mediante las cuales
    se ganaban la vida. Pero hoy les correspondía descansar.
    En aquella zona, los establecimientos dedicados a la producción de frutas cítricas
    se destacaban por encima de otras actividades productivas. Pero había también
    quienes desde sus chacras criaban ganado, obtenían productos lácteos y
    cultivaban hortalizas y cereales.
    Durante su desplazamiento hacia el almacén, rechazó gentilmente varios
    ofrecimientos de ayuda para cargar sus maletas, Esquivó el vuelo rasante de
    algunos teros que intentaron espantarlo. Y rió divertido cuando un niño preguntó a
    sus padres: ¿Por qué papá Noel había adelantado su llegada y ahora vestía de
    negro?
    Miraba extasiado el pacífico contrapunto en el que convivían las modestas casas
    de material con los primitivos ranchos de adobe y techos de paja. El humo de los
    fogones con el aire puro. El aroma de las flores que anunciaban la inminente
    primavera y el penetrante hedor de estiércol vacuno recién deyectado.
    No había prisa ni ansiedad en su interior cuando al final de su caminata subió los
    tres escalones que separaban la calle de tierra del piso de cemento alisado del
    amplio salón ocupado por el almacén y bar ramos generales “Las Palmitas”.
    Al verlo entrar, Ismael Cosotti lo recibió efusivamente pues, la discreción citadina
    no tenía lugar en su establecimiento. ¡No señor! ¡Porque, a un amigo se lo recibe
    como es debido!
    También Magdalena, la esposa de Ismael, tuvo muestras de gran aprecio por la
    llegada del librero.
    De inmediato, en un rincón tranquilo, el almacenero dispuso un par de mesas con
    dos sillas enfrentadas para que en conjunto sirvieran de escritorio al librero pues
    allí atendería en el transcurso de la mañana a todas las personas que, movilizadas
    por el mensaje de correo del campo, vendrían a curiosear las novedades literarias
    que les traía Birkat.
    Magdalena por su parte, le sirvió un apetitoso desayuno del cual dio cuenta
    mientras Ismael le preguntaba si: Había traído el Reader´s Digest y el patoruzú
    para su padre, el señor Francisco Cosotti, quien vivía en su chacra en las afueras
    del pueblo. Si había traído el “Para Ti “, que esperaban su esposa y sus hijas y “El
    cancionero criollo” que le encargara un parroquiano de su bar con ínfulas de
    cantor y guitarrero.
    Y tras responder Birkat, afirmativamente, a este impiadoso interrogatorio, Ismael
    señaló a un Joven que esperaba paciente acodado en el mostrador del bar, a
    varios metros del improvisado escritorio. Y de él dijo:
  • Este muchacho lo está esperando desde temprano porque quiere comprarle
    algo. Se llama Emiliano Díaz, pero aquí en el pueblo de decimos, “Respeto”. ¿Me
    haría la gauchada de atenderlo, medio enseguida? Porque sale de viaje dentro de
    unas horas nomás.-
    Birkat accedió de muy buen grado y tras una seña de Ismael, el joven se aproximó
    con timidez.
    El librero lo invitó a ocupar la silla que tenía frente a sí, con la mesa de por medio
    repleta de libros y revistas ya extraídos de las valijas.
    Seguidamente, señaló con sus manos en un gesto de abanico todo lo allí
    dispuesto y ofreció cordialmente: -Usted dirá, joven, que libro o revista prefiere.-
    -Yo…yo…- titubeó el muchacho.- Yo…yo.- repitió cabizbajo y restregando las
    manos sobre sus piernas.
    -¡No vendo yo-yos!- bromeó Birkat. Refiriéndose a aquellos juguetes que
    consistían en un disco de plástico con una ranura profunda en el borde y dentro
    del cual se enrollaba un hilo del cual tirar para hacerlo girar hacia uno y otro lado
    alternativamente.
    -Es que, como tengo que viajar, estoy necesitando algo para llevar. ¿Vio?-
    -Entiendo. Usted quiere un libro o una revista para leer durante su viaje.-
    -No, señor. Yo no sé leer.-
    -¡Ay caramba! ¿Entonces, que es lo que usted quiere que yo le venda?-
    -Bueno, lo que yo quiero que usted me venda son sus valijas. Para poner la ropa
    adentro. ¿Vio?-
    Perplejo, Birkat tuvo un primer impulso y responder negativamente a la solicitud
    del joven. Pero, tras reflexionar un microsegundo, hubo tres factores que
    influyeron en su decisión. Y mientras las vaciaba, los expresó verbalmente sin que
    su eventual cliente entendiera la mayor parte de lo que decía:
  • Se la vendo porque: Primero- Ya tenía pensado comprar una nueva y de mayor
    capacidad. Porque: Segundo- Le estoy recargando el precio actualizado por
    inflación, de al menos un treinta por ciento. Y se la vendo porque: Tercero y más
    importante- Soy Judío. Y un judío que se precie nunca deja pasar un buen
    negocio. Porque si así lo hiciere, caerían sobre mí, cinco mil años de reproches.
    My people, my town, are the world champion of doing business. (Mi gente, mi
    pueblo, es el campeón mundial de hacer negocios. ¿Me entiende usted, jovencito?
    -Ni jota, Don. ¿Pero, igual, me vende las valijas?-

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